Una niña de 6 años fue arrastrada al patio por su madrastra y el amante de esta justo después de regresar del funeral de su padre.
Allí, con la excusa de ahuyentar la mala suerte, le vaciaron un balde de agua fría sobre la cabeza.
La pequeña, aferrada a su osito de peluche, temblaba de pies a cabeza frente a la que había sido su casa.
De repente, un coche de lujo frenó en seco frente a la reja.
Un hombre adinerado descendió.
Cubrió los hombros de la niña con su abrigo y pronunció una sola frase que desató el enfrentamiento en el que los malvados se verían obligados a pagar por sus actos.
La puerta de madera se cerró tras el grupo que acababa de volver del cementerio.
La casa estaba tan silenciosa que el tic tac del reloj de pared resonaba como el golpe de un pesado martillo.
Sofía Castillo, de 6 años, apretaba contra su pecho un oso de peluche desgastado, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.
Ese oso era el último regalo que su madre le había dado antes de morir en un accidente de coche hacía años.
Y ahora su padre, Ricardo Castillo, un exitoso empresario y un padre amoroso, acababa de fallecer tras una larga enfermedad.
Dentro de la enorme casa, Sofía se sintió tan pequeña que le faltaba el aire.
Carmen Ruiz, de 35 años.
La mujer que había entrado en esa casa hacía solo dos años como su madrastra.
Había pasado la mañana en el cementerio fingiendo soyar y secándose lágrimas que no existían.
Pero en el instante en que la puerta se cerró, su rostro cambió por completo, volviéndose frío y afilado.
Sus ojos se posaron en Sofía sin el más mínimo rastro de compasión, como si mirara un obstáculo irritante.
Sofía susurró con la voz temblorosa:
“¿Puedo… puedo limpiar la casa por ti, mamá?”
Carmen se giró, soltó una risa amarga y espetó con un tono cargado de arrogancia:
“A partir de ahora, yo soy la dueña de esta casa, la que toma las decisiones.
No te atrevas a hacértela inocente para ganarte mi lástima.”
Sofía se quedó paralizada, abrazando al oso con más fuerza, sus deditos hundiéndose en la tela raída.